alexa De pinche a empresaria

La chef María Teresa Ramírez Degollado nos muestra que seguir los pasos de su mamá y ser muy unida a ella no significa ser dependiente, es sólo una forma más estrecha de convivencia

Cocina
Carmen “Titita” Ramírez Degollado, dueña deRestaurantes Bajío, y María Teresa
Ramírez Degollado, dueña de Sal y Dulce Artesanos

La expresión “mi mamá es mi mejor amiga” no alcanza para describir este vínculo indestructible, en especial cuando es reforzado por el pegamento familiar de la cocina y la comida. Tal es el caso particular de María Teresa Ramírez Degollado, hija y pinche de Carmen “Titita” Ramírez Degollado, dueña de los restaurantes de comida mexicana El Bajío.

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María Teresa Ramírez Degollado

María Teresa, como su madre, es chef. Uno podría pensar que, al igual que muchos hijos, siguió los pasos de su progenitora por imposición u obligación. Sin embargo, hay situaciones en la vida de una persona que influyen en su orientación profesional futura. Para la chef, la comida siempre estuvo presente en su familia: “mi mamá nos inculcó comer rico, comer bien y casero, ‘cero latas’. Al verla a ella y haber crecido con esto, comencé a sentir gusto por cocinar”.

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Café del centro de producción Sal y Dulce Artesanos

De sus cinco hermanos es la menor y la única dedicada a lo mismo que su mamá, lo cual las hace aún más cercanas porque hablan el mismo idioma e, inevitablemente, ha generado un poco de celos por parte del resto de los hijos. Pero también ha sabido hacer su vida. La carrera de chef la hizo en el extranjero, en San Francisco, California en Estados Unidos. Mas no hubo un desprendimiento como tal, pues si “Titita” tenía alguna demostración gastronómica o evento, María Teresa acudía a ayudarle.

Esta dinámica madre-hija en la cocina les ha dado la oportunidad de convivir, complementarse y divertirse mucho, pero principalmente aprender. “Ser cocinero es una forma de vida. Pasas muchas horas en la cocina. Debes sentir amor por comer bien y hacer las cosas artesanalmente, ingrediente por ingrediente”, asegura la cocinera. Dichas enseñanzas de la cocina tradicional, sin cambiar la receta y procurar la compra de productos frescos las reafirmó durante su estancia en otro país. “Una experiencia en el extranjero no se debe dejar, es un enriquecimiento total”, agrega.

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Madre e hija siempre juntas

Desde hace 14 años, María Teresa tiene su propia empresa, un centro de producción de pastelería y panadería llamado Sal y Dulce Artesanos. La pregunta del millón: ¿por qué no simplemente heredó el negocio de los Bajío? Como respuesta a eso comparte que su intención era emprender un negocio desde cero. Al ser los postres su especialidad en la cocina fue que optó por hacerlos su enfoque principal en su establecimiento, mismo que cuenta con 10 sucursales en el D.F., donde retoma las clásicas recetas formuladas por su madre y su abuela.

Ella se separó de los Bajíos como elemento de su cocina, pero sigue presente al encargarse de proveerles de postres. Doña Carmen, para su fortuna, le ha dado su apoyo y se enorgullece de su emprendimiento. La pinche, ahora empresaria, da trabajo a 120 empleados mexicanos. “Hay que hacer país”, dice. Utiliza ingredientes mexicanos, como frutas de temporada, para hacer tartas, pies, galletas, variedad de panes y decoración de pasteles. Nada congelado y nada de harinas preparadas, todo natural. Distribuye a restaurantes, cafés y banquetes.

“Nunca me quedé con ganas de hacer otra cosa de mi vida, estuve muy definida. Aunque, probablemente, si mi mamá no hubiera sido chef, yo no lo sería ahora”, la chef, pinche, hija y también madre asevera. Sus hijas tienen 11 y seis años. Como ella, disfrutan de comer bien y han compartido momentos en la cocina. “Saben hacer islas flotantes y scones. No sé si cuando sean grandes quieran dedicarse a la cocina, pero cual sea su decisión, las apoyaré”, finaliza. Nada en el mundo es más valioso que la incondicionalidad materna